Para qué hablar del trabajo, pues por rutinario que parezca, éste permite levantarme cada día y pagar mis cuentas a tiempo --lo que no es menor--; y aunque me cueste reconocerlo, me impulsa a sobre-vivir. Para qué hablar sobre los humores y rumores que han circulado por la Casita de Hansel y Gretel si todo lo que diga o argumente sobre lo acaecido será interpretado según las expectativas del lector/a. No vale la pena gastar palabras... ¡No señores!
Para qué hablar de los amores, si estos han brillado por su ausencia...
Para qué hablar de cosas tristes si basta con mirar o escuchar las noticias de cada día... No obstante, como yo escribo para desahogarme, no puedo evitar hablar de algunas penas_penosas... Ahí van mis desahogos...
Es muy triste ver envejecer a los padres...
Yo a mi madre no la vi envejecer, pues ella NO nos dio tiempo, sólo pude gozar de 23 años de SU existencia. Y solo 19 de vida consciente, porque de los primeros 4 años de mi vida, poco recuerdo.
Pero a mi padre, sí que lo he visto envejecer... en los últimos meses ha habido momentos de infinita tristeza y otros, de una dulzura indescriptible: de poder acompañarlo y compartir situaciones nunca antes imaginadas... Antes de detenerme he de relatar algunos hechos para armar el contexto o telón de fondo...
En octubre pasado tuve una pesadilla horrible, donde soñé que a mi padre le pasaba algo catastrófico. En el sueño no vi qué sucedía, pero la sensación de angustia fue agobiante y me desperté muy agitada. Unos meses más tarde, tras unos análisis médicos que le practicaron supimos que había tenido un pre-infarto cerebral, donde las secuelas más graves afectaban su capacidad motora: piernas y manos especialmente.
Recuerdo cuando en la navidad pasada lo vi, parecía un hombre de 85 años (él tiene 10 años menos). Daba pena ver cómo caminaba, arrastrando sus pies y como ni siquiera podía firmar sin que le tiritara la mano derecha.
En los meses de verano se fue recuperando gracias a la intervención de todos sus hijos, quienes solicitamos una segunda opinión médica para tratarlo. Así, fue como con un cambio de medicamentos comenzó a salir adelante.
Pero al finalizar el verano, una nueva tormenta se avecinaba en su vida. Su segundo matrimonio fracasaba y se quedó solo en su hogar. Cuando lo visité en febrero pasado me dijo:
-Ahora somos del mismo "Club". Luego nos abrazamos tiernamente.
Durante esa semana, mientras su ex-señora emprendía la retirada, salimos cada día a "carretear" como decía él: a comer pizzas, comida china y a tomar una cervezas por ahí...
Finalmente, llegó el "día D"--he de confesar que muchos en mi familia, respiramos más aliviados cuando su ex-señora se marchó--, donde junto con la partida de la Sra. M. se acabaron las agresiones psicológicas: "eres un flojo, porque no te mueves", "has malcriado a tus hij@s", etc.
Ahí vino el rearmar su casa materialmente... Pero junto con ello, rearmarlo a él, es decir, darle todo el apoyo y cariño para que no se derrumbara...
Durante este proceso de recontrucción ha habido momentos muy tiernos entre mi papá y yo, por eso voy a dejar al margen las cosas más tristes para detenerme en los aspectos de estos meses que me parecen enternecedores. Por ejemplo, hemos recordado viejos chistes y nos partimos de la risa. O también, hemos recordado viejas canciones de Disney --porque Disney es más viejo que Matusalén--.
Mañana les sigo contando estas cosas tiernas y dulces compartidas con mi papito corazón en los últimos meses.
Les dejo una canción que me cobra mucho sentido ahora:
P.D. Las fotos son de marzo pasado, aparece junto a mi cuñada Carolina, junto a todos sus nietos, y finalmente imitado de Fernando Villegas