COLUMNA; Y OTROS MOTES CON HUESILLOS (periodicidad: variable)
A propósito de mis últimas horas en tierras chilenas antes de viajar a Barcelona, me vino a la memoria un comentario que me hiciera una amiga catalana en mi primer año de doctorado: “¡qué besucones que sois los chilen@s!” Pues cada vez que la veía la saludaba con un beso doble –en España uno besa en cada mejilla-.
Volviendo a lo vivido en Viña del Mar en mis últimas horas, ya entrada la noche, antes de despegar a la Península en septiembre pasado…Fueron horas de agitación y angustia, porque no me podía las maletas, acudieron a mi llamado de SOS, un par de personas más o menos des_conocidas. Primero fue uno de los conserjes, Don Jorge, quien me ayudó gentilmente a cargar la más grande. Mientras yo iba corriendo a buscar un taxi a la esquina que había
palabreado un par de horas antes, Don Jorge se quedó cuidando mi equipaje.
Cuando llegó el taxi correspondía despedirme de don Jorge, obviamente de besos y abrazos: ¡muac!, ¡muac! “¡Buen viaje! ¡Qué lo pase bien!”. Me gritó cuando el auto se movía.
Por fin, cuando logré subirme al vehículo, el taxista me pidió disculpas por ir con su señora como copiloto; a esa altura de la noche, habría aguantado hasta a su abuelita, al gato y al perro.
El trayecto al Terminal de Buses de la Ciudad Jardín fue rápido, comentamos lo grande que era mi maleta, y conté, “que me la había comprado en una ganga en Barcelona el 2003 en una tienda de chinos… en el Eixample…”. “¡Ah! ¿Así que vivió en España?” –me preguntó el taxista-. Sí le contesté, bla, bla, bla…
Al llegar al “Rodoviario” caigo en la cuenta que en mi billetera solo tenía ¡¡Eurosss!! Y mis dos dólares de la suerte. Así que empecé a hacerme la simpática, pa’ que me creyeran y no fueran a pensar que era una fresca, una ladrona o una terrorista. Le dije que me esperaran mientras iba a por las
lucas. Incluso ilusamente les dije que dejaba TODO mi equipaje hasta el computador portátil.
[1]En fin, creo que el taxista y su señora se compadecieron de mi apesadumbrada cara y no huyeron. Es más, el taxista me fue a dejar casi al lado del bus, él cargaba la maleta más grande, jijiji! Le pagué y le di las gracias; y para mi sorpresa y asombro él se despidió de mí de besos: ¡muac!, ¡muac! A mí casi me dio un ataque de risa, pues en el trayecto de mi casa al Terminal nos habíamos hecho “casi” amigos.
Ya estaba por subir al bus, cuando me encontré con una alumna de periodismo, quien me saludó de besos: ¡muac!, ¡muac! Charlamos unos minutos. Luego nos despedimos de besos y abrazos. “Suerte y buen viaje” me dijo.
Cuando llegué al bus, el azafato del
interprovincial vio mi tremenda maleta y puso cara de espanto: ¡¡¿viene sola?!! NO, le mentí: “me vinieron a dejar mi papá, mi mamá y mi hermana”. Jajaja!!!
Finalmente, por fin arriba del bus a Santiago, al parecer, me bajó la presión y me desmayé
[2]… Y me desperté cuando el azafato –un morenazo- me hacía respiración boca a boca… Yo asustada e im_presionada, le dije: ¡¡¿No será mucho?!! Y relamiéndose los labios me respondió: “lo hice para que volviera en sí”…
Hasta hoy me sonrojo cuando recuerdo estos sucesos, y me pregunto: ¿somos besucone

s o patudos
l@s chilen@s?
[1] Ahora pienso que si se hubiesen ido yo habría sido la más perjudicada, pues mi
botín era mucho más contundente: notebook, + pendriver de 1 giga “sumergible”; regalos varios: botellas de pisco (45º), joyas de lapislázuli, bolsas de charqui, kilos de: manjar, mote y huesillos; una treintena de
alfajores, entre otras cosas.
[2] Esta no es la primera vez que me desmayo en un medio de transporte. Pero esa será otra historia: "La Sole y sus desmayos".
Ah! Las modelos de las fotos son tres de mis mejores amigas: Loreto, Eliana y
Paula