
Terminar una Tesis Doctoral y defenderla públicamente no es algo que ocurra todos los días ni todos los años. Carreras uno puede cursar varias –los más fanáticos, por supuesto- y titularse 2 ó 3 veces. Pero un doctorado, creo yo, se hace una sola vez en la vida[1].
El pasado 3 de octubre fue el día “D” de Defensa de Tesis, después de haber defendido a mi cuarta hija de palabras… haberme doctorado en definitiva; y tras festejar con los profesores de mi tribunal, necesitaba hacer un acto poético, una suerte de acto catártico, casi como una acción de gracias, dirigido especialmente a todos aquellos que me habían acompañado a lo largo de esta travesía escritural y personal, pero que por razones temporales y espaciales no estaban físicamente conmigo al otro lado del Charco.
No sabía qué. No lo planifiqué –cosa rara en mí-. Sólo después de tomar dos trenes que me llevarían a mi destino final, Premià de Mar, y tras mirar y devorar con mi mirada el Mediterráneo se me ocurrió la idea…
¿Por qué no devolver esta cuarta hija de palabras a la naturaleza? ¿O dejarla navegar para que se haga mayorcita?
Así fue como al llegar a la estación de Premià de Mar, se me ocurrió bajar a la playa que está a un par de metros de ahí.
Caminé con mi atuendo o disfraz de la presentación de la mañana, traje no muy ad hoc, pero a esa altura de la jornada daba igual.
Me descalcé, caminé con mis pies desnudos sobre la blanca y todavía tibia arena, llevando en una mano mi pesada Tesis –que pesa un poco más de 3 Kg.- y en la otra mi bolso verde con el computador portátil y algunos trastos más.
… Me senté en la playa observé latamente el verde mar, a esa hora del crepúsculo en que los colores del horizonte se funden en un rosa _ gris; más de un par de lágrimas corrieron por mis mejillas. Eran lágrimas de emoción o de conmoción como las he llamado. Las mismas que tuve que tragarme unas horas antes durante mi exposición académica en la fase de preguntas y respuestas.
Lloré en paz, en armonía conmigo misma, agradecida de la vida… Pensé en mis Antepasados y en mis ante-presentes y en LOS por-venir… y lloré…




… Y ahí fue cuando decidí dejarla ir, como cuando mi madre a los 17 años me dejó ir… a navegar a otros mares más cálidos… Poco a poco se fue… las olas del mar comenzaron a acariciarla hasta que se fundió en la inmensidad…
Yo sentí un descanso, un alivio, ya no sería mi carga, ya me había liberado… Levanté mi vista miré hacia el infinito… Me sequé la última lágrima… Emocionada y le dije, y me dije... “Ya te has hecho mayorcita, ya no me necesitas, puedes navegar solita…”
(16 de octubre de 2006, de sur a norte, en tren por el Valle Central)
[1] Aunque conozco el caso de una amiga peruana que para mantener una beca-ayudantía estudió 2 doctorados en España.